El proyecto europeo. Una perspectiva histórico-económica

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Article publicat a la revista Laberinto, núm. 44, 2015. Entregat el febrer de 2015.

Il.lustracions de Roger Pelaez a qui agraeixo enormement que posi una mica de color entre tanta grisos econòmica.

“El proyecto europeo es un proyecto sin alma, pues su cemento unificador es puramente el de los     intereses de las fuerzas del dinero, el verdadero sujeto constituyente del mismo y, muy en concreto, de la Constitución Europea. Lo cual acentúa aún más la dificultad para desarrollar un imaginario común “europeo”, sobre todo con la urgencia que demanda la propia evolución (de vértigo) de esta “Europa” del capital. La construcción pues de una identidad “europea”, de un “nosotros”, es una tarea enormemente compleja. Y sin embargo absolutamente necesaria para un proyecto de poder (la UE), interno y externo, que se sustenta en la necesidad de establecer un “adentro” y un “afuera”, y una estructura política supraestatal y jerarquía institucional que necesita estar legitimada de cara a su población.[1]

Para ubicar históricamente el surgimiento de lo que se ha dado en llamar el proyecto europeo -el entramado institucional existente actualmente alrededor de la Unión Europea y la moneda euro- hace falta analizar las importantes particularidades de la etapa de posguerra en Europa y en la economía mundial.

Esta perspectiva histórico-económica debe estar insertada en una visión de largo alcance que resiga la historia del capitalismo a través de uno de sus elementos centrales: las crisis, que lo caracterizan y diferencian respecto de otras épocas históricas y sistemas sociales. La crisis es un fenómeno no solo intrínseco sino necesario al capital. La dinámica del capitalismo se caracteriza por periodos de crecimiento seguidos de depresiones por el colapso de rentabilidad del capital, la necesidad de destruir los capitales menos competitivos y explorar nuevas formas de aumentar la plusvalía para restaurar la rentabilidad e iniciar un nuevo régimen de acumulación. La crisis le permite al capital, a modo de destrucción creativa, encontrar nuevos sectores de negocio y nuevos ámbitos geográficos donde seguir alimentando su reproducción, en muchos casos utilizando esas crisis como arma para someter a los trabajadores.

Las diversas fases del capitalismo han estado marcadas por revoluciones tecnológicas, pugnas sociales y reformas del ordenamiento jurídico. Pero son las crisis sistémicas las que marcan época y separan las diferentes modalidades de capitalismo pues ellas indican el agotamiento de un proceso y modelo de acumulación y, posteriormente, bajo qué condiciones y qué elementos impulsan de nuevo la economía. Analizando las crisis, podemos entender las características centrales de los diferentes periodos del capitalismo -manchesteriano, de laisser faire, keynesiano, neoliberal-, y como en sus fases de recuperación encontramos el embrión de las nuevas crisis.

La historia del capitalismo es la historia de sus crisis, pero la centralidad de este fenómeno no significa en absoluto que la Historia esté regida por una suerte de fatalidad. La crisis es también un momento de pugna donde las clases sociales enfrentadas tienen capacidad de determinar como se saldrá de ella y bajo qué condicionantes se recupera la tasa de rentabilidad del capital.

Este marco histórico-económico nos permite explicar por qué el periodo de crecimiento de posguerra, posterior a la destrucción material y masacre humana de la Segunda Guerra Mundial, es una excepción en la historia del capitalismo -una anomalía, nos atreveríamos a decir- y por qué no se puede usar como ejemplo para enarbolar la bandera del capitalismo de rostro humano incapaz de hacer frente a los retos sociales y medioambientales del presente. Entender esto es necesario para abordar el nacimiento del proyecto europeo: un proyecto político e institucional hijo de su época,  propuesta de las élites europeas para seguir en el primer plano mundial, en un momento en el que el cambio de hegemonía en favor de los EEUU era evidente. Dicho proyecto, como veremos, acabará mostrando los límites propios de la época en que se alumbra.

La llamada edad dorada del capitalismo o treinta gloriosos, expresión referida al periodo de posguerra caracterizado por el crecimiento sostenido y el pacto social en los países centrales -Europa occidental, EEUU y Japón-, momento donde se ubica el surgimiento de la Comunidad Económica Europea (CEE), no fueron, como indica Xabier Arrizabalo, “ni treinta ni gloriosos”[2]. Esta “época dorada” (1945-1970) no se libra de la lógica de huida hacia adelante en la que el capitalismo está instalado como vía de superación de las crisis. Los elementos que permitieron ese excepcional periodo de crecimiento fueron los que acabaron sepultados bajo la crisis de los años 70. Como indica Arrizabalo, “el conflicto entre capital y trabajo es incontenible de forma permanente” y “los medios de crecimiento artificiales sólo son un parche cuya condición acaba revelándose necesariamente, a medida que las contradicciones de fondo se expresan”.

Los factores clave que explican la particularidad de dicho momento histórico son diversos. Por un lado la estabilidad social y política una vez concluida la guerra, gracias al pacto social surgido de la colaboración de la socialdemocracia europea y las concesiones de la burguesía ante el temor por la presencia de la URSS y el movimiento obrero organizado alrededor del aparato de producción industrial fordista propio de la época. Por otro lado la estabilidad económica y financiera que ofrecía el sistema monetario internacional surgido de los acuerdos de Bretton Woods (1944), donde también se fundaron el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio.

A estos elementos hay que añadir, primeramente, el impulso que supuso el gasto militar en la economía de guerra, sin el cual la superación de la depresión de los años 30 no hubiera sido posible. Durante la contienda, el gasto militar de los países centrales en liza llegó a significar en promedio entre el 29% y el 53% del PIB (!)[3]. Y posteriormente, las enormes posibilidades que encontraría el capital en la reconstrucción de las ciudades y de los aparatos productivos de los países de Europa central más castigados por la guerra. Una Europa devastada ofrecía condiciones excepcionales solo comparables a las riquezas que las metrópolis arrancaban a las colonias ocupadas en pleno auge imperialista. Para hacernos una idea, el PIB de Francia se situaba en 1944 al nivel de 1890 y el PIB de Alemania al nivel de 1897[4]. Por otro lado, el enorme ejército de reserva que representaron los soldados regresados del frente contribuyó a que la tasa de plusvalía lograra magnitudes nada desechables. Si tenemos en cuenta la suspensión de garantías democráticas y conquistas obreras que permitió la guerra podemos hablar de una situación de sobreexplotación de la fuerza de trabajo. Aunque también es cierto que, operando a modo de contratendencia, esas masas de soldados jóvenes que habían sufrido los horrores de la guerra eran un caldo de cultivo explosivo detrás del cual se puede encontrar una de las razones de las concesiones de la década posterior a la guerra en materia de pacto social (Arrizabalo, 2014).

Un último factor, importante para explicar el crecimiento de los años 60, aunque reducido a anécdota si lo comparamos con los niveles de capital ficticio de las burbujas financieras de las últimas décadas desde finales de los 80 hasta hoy, es el desarrollo del crédito, ejemplificado con la american way of life y el supuesto ascenso social de la clase media trabajadora que pudo acceder a la compra de una vivienda y un automóvil.

Este es el contexto histórico excepcional en el que se pondrá en marcha la CEE: entre la recuperación de la Gran Depresión de los treinta, guerra mundial mediante, y la crisis de los setenta originada tras el colapso del régimen de acumulación del capitalismo de corte keynesiano.

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ivan2El proyecto europeo ha sido desde su origen preeminentemente económico y geopolítico. No ha existido nunca una voluntad política real, más allá de medidas propagandísticas, de construcción de algo que se pueda llamar cultura europea. La música de fondo de la convergencia en materia de derechos sociales, nivel salarial o calidad democrática se ha demostrado, sobretodo con la presente crisis, un canto de sirenas durante mucho tiempo difícil de contraargumentar porque la profundización del proyecto europeo coincidía con el ciclo de crecimiento. De hecho, a lo largo de su historia, el proyecto europeo ha avanzado con facilidad durante los periodos de auge del capital y ha sido fuertemente cuestionado durante las crisis. El problema ha sido que las crisis han servido, hasta la fecha, para salir de ellas bajo la bandera de “más Europa”, creyendo que una Unión Europea más consolidada haría del continente un lugar menos vulnerable a las crisis.

Como veremos a continuación, el proyecto europeo se puede resumir, como muy bien ha encontrado Josep Manel Busqueta, en una especie de “autocolonización”: “Cada uno de estos pasos hacia la integración europea [se refiere al Tratado de Roma (1957)] responden a las exigencias del capital europeo que vislumbra como una opción muy provechosa el hecho de autocolonizar su propio espacio y asegurarse de este modo un mercado de más de trescientos millones de consumidores en un momento histórico (posterior a la segunda guerra mundial) marcado por el conflicto bipolar. Es el periodo de expansión y consolidación del estado del bienestar y la CEE se encuentra en clara sintonía con el carácter intervencionista imperante a nivel político y económico”[5]

Para observar su carácter económico y geopolítico favorable al gran capital europeo podemos retrotraernos a sus antecedentes históricos. En 1948 se fundó el Benelux, una unión aduanera entre Bélgica, Holanda y Luxemburgo. En 1952, se produce el acuerdo multilateral entre Benelux, Italia, Francia y la entonces RFA para crear la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA). La CECA sirvió de prototipo para lo que en 1957 se establecería en el Tratado de Roma. Dicho tratado determinaría como primordial el principio de economía de mercado y serviría de hoja de ruta en la construcción de la CEE, una unión aduanera para el libre intercambio de mercancías entre los Estados miembros iniciada con la eliminación de aranceles y otros impuestos y una política conjunta para la agricultura -a partir de 1962- con la Política Agrícola Común (PAC). Desde ese momento, se empieza a contemplar la paulatina eliminación de barreras a la circulación de servicios, capitales y trabajadores (Mercado Común) y la coordinación en materia de política económica.

Mientras la competitividad se erigía como principio básico del desarrollo industrial y se liberalizaba el comercio, por otro lado y también muy relacionado con ese carácter aparentemente contradictorio del proyecto europeo, la PAC intervenía protegiendo el sector agrícola favoreciendo notablemente las grandes explotaciones que se beneficiarían de enormes subvenciones, marginando, eso sí, la producción local de pequeña escala.

Esta primera fase -años 50 y 60- es fruto de la anterior coordinación internacional que requirió la reconstrucción de una Europa devastada por la guerra con el plan (del general) Marshall proveniente de los EEUU, y la oportunidad de negocio que ello representaba, juntamente con el proceso de consolidación de los grandes grupos empresariales europeos, aún fuertemente ligados a los países de origen, pero con vistas de extenderse a un mercado europeo más amplio. El marco de los Estados nación suponía un corsé para el desarrollo de las fuerzas productivas y la tendencia a la internacionalización y concentración del capital a escala europea, con la formación de monopolios, oligopolios y multinacionales. Los avances tecnológicos y organizativos permitían, al mismo tiempo que requerían, un volumen de inversión mayor para situar la producción a gran escala en un nivel superior. Como indica Pedro Montes: “La estrechez de los mercados nacionales impedía llevar hasta sus últimas consecuencias las ventajas de la producción en gran escala, al tiempo que las inversiones necesarias para producir competitivamente y atender a unos mercados ampliados requerían de unos desembolsos de capital e implicaban unos riesgos que escapaban en muchos casos a las posibilidades aisladas de muchos países europeos”[6]. Tampoco es baladí la creciente competencia en el comercio internacional con EEUU -como nuevo hegemón y gendarme mundial bajo el paraguas de la OTAN- y Japón a la cabeza, lo que obligaba al capital europeo a coordinarse para no perder rueda.

En este periodo de los años 50-60 ya se observan las primeras contradicciones que mucho tenían que ver con la naturaleza del capital y el carácter genéticamente liberal del proyecto europeo: “La competencia siempre tiene víctimas entre las empresas más débiles económicamente y menos dotadas de capital y tecnología. […] Los países miembros [del Mercado Común] tuvieron que defender  intereses complejos y atender a situaciones internas muy diferentes, pues no todos ellos tenían la misma capacidad y estructura productiva, ni estaban en igualdad de condiciones para afrontar la unión aduanera, ni partían del mismo grado de protección de sus mercados. Es decir, no todos ellos obtenían las mismas ventajas” (Montes, 1993). Nos parece importante insistir en el hecho que ya desde sus primeros años el proyecto europeo estaba pensado y puesto en marcha con unos objetivos bien definidos que no harán más que profundizarse a medida que avance la integración económica y, posteriormente, monetaria. Esta dinámica de destrucción selectiva acompañará el desarrollo y ampliación del Mercado Único y posterior UE, dejando tras de si industrias o sectores nacionales prácticamente desaparecidos.

La cuestión monetaria fue desde el principio, mucho antes de la creación del euro, un elemento central. Para que una unión aduanera fuera competitiva entre las economías que la constituían, la modificación de los tipos de cambio debía ser marginal para evitar la competencia por la vía de la devaluación monetaria. El escenario monetario internacional regido por el patrón oro-dólar y la fijación de los tipos de cambio permitió la estabilidad cambiaria necesaria para el Mercado Común. Como iremos viendo, la política monetaria será un elemento rector del proyecto europeo pues permite trasladar los ajustes competitivos al trabajo.

Desde su origen, este largo proceso de integración económica ha estado protagonizado por tensiones geopolíticas también contradictorias. De hecho, podría sorprender al lector ingenuo que tan solo doce años después del armisticio dos países antaño enfrentados como Francia y Alemania, sin los cuales no tendría sentido el proyecto europeo ni tan siquiera en su fase inicial de mercado común, llegaran a un acuerdo de coordinación.

De entrada, existía el temor a una Alemania -en ese momento la RFA- excesivamente fuerte, preocupación evidente después de la experiencia de la primera mitad del siglo XX. Pero al mismo tiempo las élites europeas necesitaban su impulso industrial si querían competir en condiciones de igualdad con los EEUU y Japón. A pesar de ello, Alemania, con un sector industrial e innovación tecnológica más avanzados, era la gran favorecida del mercado común aunque haya sido siempre el país con mayor contribución al presupuesto comunitario y obtenga una balance fiscal negativo. Francia, por su lado, siempre exigió la protección de su tradicional y políticamente importante sector agrícola.

Son esas tensiones contradictorias las que explican que la adhesión de Gran Bretaña, junto con Irlanda y Dinamarca, no llegase hasta 1973, tras superar ciertos escollos como diferencias arancelarias -más bajos en el caso de Gran Bretaña con terceros países por su pertenencia a la EFTA y la Commonwealth- o los recelos políticos que levantaba su pertenencia a la órbita de interés de los EEUU. Comparar esas antiguas diferencias con la facilidad con la que el capital estadounidense ha entrado por la puerta financiera en las últimas décadas y como se negocia actualmente el Tratado   Transatlántico de Comercio e Inversión (TTIP), es una muestra de como el proyecto europeo y su integración político-económica han ahondado hasta modificar ciertas relaciones políticas.

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ivan3A principios de los años 70 el modelo de acumulación de posguerra colapsó poniendo fin al intensivo crecimiento que permitió al sistema, al menos en las llamadas economías centrales, asumir un pacto social basado en el Estado de Bienestar y el pleno empleo, donde el proyecto europeo gozó de muy buen clima para enraizarse.

Si reseguimos ese hilo de la historia del capitalismo que proponemos a través de las crisis, veremos como la crisis de los 70, a parte del agotamiento de las condiciones excepcionales antes expuestas, no es ni más ni menos que fruto de la emergencia de las contradicciones fundamentales del capital (Harvey, 2014) según las cuales las mejoras tecnológicas permiten una mayor productividad provocando, contrariamente, una desvalorización de la producción, pues permiten producir más barato y mayores cantidades, con la consecuente caída de la tasa de ganancias. La búsqueda por parte del capital de nuevas inversiones rentables -la permanente huida adelante que decíamos al principio- lo obligará a su expansión y profundización en el ámbito social -mercantilización de derechos sociales  y privatizaciones de lo público-, laboral -aumento de la tasa de plusvalía absoluta y relativa-, espacial -exploración de nuevas regiones donde invertir y desarrollar negocios- y temporal -creación de capital ficticio, es decir, potenciar el crédito para evitar la quiebra y pretender su retorno más adelante con la supuesta generación de valor futura[7].

Para llevar a cabo esta nueva salida adelante, y superar la estanflación de los años 70, se impone, en los primeros 80, la agenda neoliberal. Todo su aparato ideológico, sustentado con teorías bastardo-liberales que tienen como elemento más conocido el monetarismo de Milton Fridman y los Chicago Boys, servirá para legitimar la contrarevolución conservadora y sus políticas económicas de clase, llamadas eufemísticamente “de oferta”. El (neo)liberalismo propugna, en contra de la falsa idea de reducción del poder estatal, poner el Estado al servicio del capital y hacer de la relación Estado-mercado una especie de simbiosis que acabará priorizándose en repetidas ocasiones por delante de la soberanía de los pueblos y la democracia. Con ese paquete de nuevas-viejas políticas económicas se establecerá un esquema, en palabras de Arrizabalo, “fondomonetarista” de crisis-ajuste-crisis[8].

A pesar del órdago neoliberal y la lenta, aunque progresiva, eliminación de las conquistas sociales de posguerra, en las últimas décadas, desde la crisis de los 70, podemos observar un largo periodo de estancamiento donde el capitalismo no recuperará las tasas de crecimiento del periodo “dorado” de excepción consolidando una tasa máxima media del 3%. El capitalismo tardío (Mandel) se sume en su fase senil (Amin) y será mantenido conectado a la respiración asistida de las burbujas financieras. Por otro lado, el desarrollo de conflictos bélicos -la lista es larga- seguirá siendo consustancial al capitalismo y la industria militar un negocio de futuro.

No podemos dejar de lado, para entender la economía-mundo (Wallerstein) que en medio de este nuevo régimen de acumulación, que se ha dado en llamar neoliberal o de globalización neoliberal, han aparecido, notablemente en los últimos 25 años, nuevos líderes regionales -los hoy llamados BRICS- que mantienen en pie el capitalismo mundial con sus vigorosas tasas de crecimiento ofreciendo espacios de inversión y producción capitalista apareciendo, a mi modo de ver, como sólidos aspirantes a remplazar las anteriormente economías centrales hoy envejecidas.

Volvamos a Europa, allí donde el neoliberalismo encontrará en el proyecto de integración económica un alumno avanzado. Las cuatro vías de fuga capitalista antes presentadas -derribo de lo social, ataque a los derechos laborales, ampliación a nuevos ámbitos geográficos y el papel central del sistema financiero-, tienen mucho que ver con la estrategia de ampliación del proyecto europeo. La integración europea seguirá su crecimiento y consolidación, de forma más acelerada, durante el periodo neoliberal que tiene como pistoletazo de salida la llegada al poder de Thatcher y Reagan, después de los experimentos de la dictadura de Pinochet en Chile.

Europa occidental dejó atrás el keynesianismo para abrazar el neoliberalismo. Incluso la vieja socialdemocracia acabará sucumbiendo a los prefectos liberales. La estrategia del capital y las reformas que propugna son claras: desmantelar el Estado de Bienestar. Se pueden resumir en la elocuente frase pronunciada por un representante de la patronal francesa: “¿La lista de reformas? Es muy sencillo, tomad todo lo que se estableció entre 1940 y 1952, sin excepción. Está ahí. Hoy se trata de salir de 1945 y deshacer metódicamente el programa del Consejo Nacional de la Resistencia”[9].

De algún modo, en el Tratado de Roma y su proyecto de mercado común y liberalización económica subyacía un embrión neoliberal -“euroliberal” para evitar el anacronismo- que no tuvo necesidad de germinar antes de tiempo gracias al ciclo expansivo propio del capitalismo de posguerra. El pleno empleo fordista permitió un aumento del nivel de consumo de las clases trabajadoras centrales y un acceso a la riqueza social por ellas producida a través de la redistribución característica de los Estados de Bienestar. No hubiera sido posible, frente a una clase obrera organizada como la de aquel momento, construir contra ella el proyecto europeo de mercado común. Pero tras dos décadas de mercado común y de creciente movilidad del capital y coordinación económica institucional, la agenda neoliberal venía como anillo al dedo del proyecto de integración europeo. El discurso europeísta antibélico jugó un papel importante en evitar fuertes resistencias al proyecto. El recuerdo de la guerra seguía reciente y el proyecto de la URSS perdía legitimidad tras conocerse los crímenes de Stalin.

En cualquier caso, el Tratado de Roma había logrado sus objetivos: “la unión aduanera estaba asentada, el comercio intracomunitario se había promovido intensamente, la CE había ganado posiciones en le comercio mundial frente a Estados Unidos, el Sistema Monetario Europeo había garantizado una estabilidad aceptable de las monedas europeas en una situación monetaria internacional revuelta y se habían dado algunos pasos en la cooperación y en la elaboración de una política económica común, sobre todo en lo relacionado con la recuperación de la crisis industrial desatada tras los abruptos crecimientos del precio de la energía en 1973 y 1979”.[10]

El proyecto europeo se supo adaptar al nuevo escenario económico y monetario internacional posterior al fin de los acuerdos de Bretton Woods y su patrón oro-dólar. En lo referente a la política monetaria, la CE se vio obligada a intervenir tras la introducción de tipos de cambio fluctuantes según el mercado de divisas, estableciendo en 1972 la “serpiente monetaria”. Este mecanismo consistía en el compromiso de los gobiernos de intervenir en el mercado de divisas para mantener constantemente una desviación máxima de los tipos de cambio no superior al 2,25% respecto a un tipo de cambio de referencia -excepto Italia, un 6%- y de un 4,5% respecto al dólar para mantener la competitividad exterior. En 1979 se establece el Sistema Monetario Europeo (SME) con una serie de medidas de coordinación económica para mantener la estabilidad cambiaria imprescindible para el proyecto europeo.

En la segunda mitad de los años 80, una vez incorporada Grecia (1981), se firma el Acta Única (1986), el mismo año en que se incorporan España y Portugal formando la CE de 12 miembros. El Acta Única será el andamiaje necesario para levantar las instituciones comunitarias de la UE, abriendo así un proceso que desembocará en el Tratado de Maastricht o Tratado de la Unión Europea (1992-93) y la constitución del Gran Mercado, estableciendo la futura moneda única y la práctica desaparición de todas las barreras fiscales.

El proyecto europeo toma especial relevancia tras la caída del muro de Berlín (1989), la unificación alemana y la desaparición del bloque soviético con la posterior capitalización y privatización de las economías de planificación estatal. Este momento histórico puso en bandeja al resto de potencias europeas políticamente centrales una doble oportunidad. Por un lado, embridar dentro del marco institucional europeo, de una vez por todas, el potencial económico alemán, especialmente tras la anexión de la RDA y las enormes posibilidades que se abrían hacia el este de Europa. Aunque posteriormente, como veremos, el capital alemán haya resultado el gran favorecido. Por otro lado y más importante, suprimir, al calor del euroliberalismo del Acta Única, todas las barreras que limitaban la competencia y movilidad del capital, imponer la disciplina salarial y limitar la capacidad negociadora de los sindicatos. Algo que Alemania había conseguido con la anexión de la RDA y el acceso a un cuantioso ejército de reserva –prácticamente inagotable si incluimos Europa del Este. En el caso francés, los sindicatos y la izquierda política estaban aguantando con cierta solidez la aplicación de la agenda neoliberal. No olvidemos que, a pesar del contexto desfavorable se consiguió la jornada de 35 horas –el año 2000–, muestra de la superioridad sindical respecto a los países de su entorno. En Gran Bretaña, Thatcher había desmantelado el Estado de Bienestar y destruido, prácticamente, los sindicatos. En Alemania, a parte de lo ya comentado, se impuso el “teorema de Schmidt” –en honor al ministro de economía, por cierto, socialdemócrata– según el cual los descensos salariales eran favorables a la creación de ocupación pues, a largo plazo, según creían, unos mayores beneficios empresariales supondrían inversión futura.

La construcción y avance de este bloque geopolítico que históricamente sirvió de contención a la expansión comunista, neutralizando tanto la órbita de influencia soviética como los partidos comunistas italiano, francés y griego, ha demostrado el “éxito”[11] del proyecto europeo en cuanto a los intereses estadounidenses y del capital europeo.

La estrategia neoliberal estaba muy bien desplegada. A medida que se debilitaba el poder negociador de los sindicatos se desmantelaba el Estado de Bienestar y se privatizan las grandes empresas públicas, notablemente en sectores estratégicos. La integración europea avanzaba a paso firme. La mayor coordinación de las economías y movilidad del capital desactivó la eficacia de las luchas obreras y sociales pues se implementaba fácilmente una estrategia de deslocalización de la producción. La deslocalización ha sido exitosa, hasta el punto de conseguir, en los últimos años, que los trabajadores de diferentes países compitan entre ellos, viendo incluso a representantes sindicales aceptar condiciones ignominiosas a cambio de la instalación de una planta en su territorio en detrimento de otras regiones.

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ivan4Dejamos atrás los años 80, década en la que se establece el neoliberalismo, en un contexto de crisis financieras relevantes como la de 1987 o las crisis de deuda latinoamericanas y la llamada década pérdida, y entramos en los 90 del mismo modo, con la crisis del 92-93. En 1995 la UE se amplía a 15 miembros con la incorporación de Austria, Finlandia y Suecia. Durante la segunda mitad de los 90, se implementa, junto a los acuerdos del Tratado de Maastricht y su Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PCE)[12], el Instituto Monetario Europeo, predecesor del Banco Central Europeo (BCE) y de la fijación de los tipos de cambio el 1999, para preparar la integración monetaria: Unión Económica y Monetaria de la UE (UEM). El 1998 se aprueban los once países que van a formar parte de la UEM a partir de 1999: los integrantes de la UE-15 excepto Grecia, que no cumplía los requisitos establecidos, Suecia, Dinamarca y Gran Bretaña, que no quisieron.

La moneda común entra en vigor en 2002, coincidiendo con la resaca de la crisis financiera de las puntocom. Durante los años 2000 se produce la gran extensión hacia el este y norte de Europa, con la incorporación de nuevos Estados tanto en la UE como en la zona euro. En 2004 se pasa de la UE-15 a la UE-25 con la incorporación de Polonia, República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Hungría, Estonia, Letonia, Lituania, Malta y Chipre. En 2007 se incorporan Rumanía y Bulgaria y en 2013 Croacia, llegando así a la actual UE-28. La zona euro está conformada actualmente por 19 Estados  después de la incorporación al núcleo fundador, antes citado, de Grecia (2001), Eslovenia (2007), Chipre y Malta (2008), Eslovaquia (2009), Estonia (2009), Letonia (2014) y, recientemente, Lituania (2015).

La UEM representa la prolongación lógica del proyecto europeo fundado en los 50 de construcción de un Mercado Único regido por el libre movimiento de capitales, mercancías, servicios y personas bajo el principio de libertad de mercado y liberalización económica, acelerado de la mano del neoliberalismo y con una moneda común como pilar imprescindible. La UEM es la alternativa propuesta por el capital europeo y sus representantes políticos para hacer frente a la competencia global y a los problemas que planteaba la globalización con la ayuda de una moneda internacional como el euro. Es el trampolín a la nueva internacionalización de unas economías no competitivas vía salarios y con sistemas de protección social aún resistiendo su lento desmantelamiento.

El euro representa la clave de bóveda sobre la que se sustenta el proyecto europeo en la fase neoliberal actual. Se ha convertido en la palanca definitiva para facilitar el movimiento de capitales, notablemente en su vertiente financiera, reducir barreras fiscales, así como barreras comerciales intra-comunitarias, y proyectar internacionalmente el capital europeo con una moneda capaz de aparecer como referencia en la economía mundial junto al dólar. Al mismo tiempo, la moneda común supone un sutil mecanismo para trasladar el ajuste competitivo al trabajo y el salario. La progresión salarial en la zona euro dibuja una tendencia a la baja a medida que se incorporan países con niveles salariales menores y condiciones laborales más laxas, como es el caso de las economías del este. La Estrategia Europea de Empleo y su apuesta por la flexiseguridad establecen directrices importantes en materia laboral, relativas a la flexibilización del mercado de trabajo, es decir, al abaratamiento del despido y a la reducción de las prestaciones sociolaborales.

Los ganadores, una vez más, han sido los grupos empresariales que han visto flexibilizarse los mercados laborales nacionales y reducirse los salarios, además de gozar de ámbitos de negocio antes reservados al sector público ahora en proceso de privatización y de múltiples privilegios fiscales. De hecho, la única política económica soberana que permite la UEM a los Estados miembros es la política fiscal, siempre y cuando se ajuste a los límites marcados por el PCE. La competencia fiscal entre Estados ha acabado convirtíendose en la única herramienta utilizada para dirigir la política industrial.

Otro elemento importante del entramado económico europeo es la Estrategia de Lisboa. Aprobada el año 2000, se marcó como objetivo conseguir antes de 2010 “la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo, capaz de crecer económicamente de manera sostenible con más y mejores empleos y con mayor cohesión social”[13]. La gestión de la transición de economías tradicionalmente industriales hacia la eufemística “economía del conocimiento” se ha concentrado en la privatización y liberalización de las grandes empresas públicas y sectores llamados estratégicos, como la energía, los suministros, el transporte, las infraestructuras y las telecomunicaciones.[14]

Paradójicamente, uno de los países que más ha ha sufrido esta dinámica es Alemania. El alumno avanzado del capitalismo europeo, ha asumido una especie de neo-mercantilismo como bandera de política económica y defiende las posiciones más reaccionarias en materia de política monetaria oponiéndose sistemáticamente a que el BCE, a diferencia de la Reserva Federal norteamericana, opere como banco central y se fije otros propósitos, más allá del control de la inflación, como el crecimiento, o que pueda actuar como comprador de última instancia de la deuda pública de los Estados con problemas financieros. El capital alemán ha conseguido una enorme flexibilidad del mercado de trabajo originando uno de los fenómenos de precariedad más alarmantes de Europa con la proliferación de los famosos minijobs. En la cuarta economía mundial, segundo exportador del planeta, alrededor de 13 millones de alemanes, uno de cada seis, vive al borde de la pobreza. Un 16,1% de la población alemana no llega al nivel de ingresos mínimo establecido en la UE de 976 euros mensuales para una persona sola -2.056 euros para una pareja con dos niños menores de 14 años. Estas cantidades suponen unos ingresos menores al 60% de los ingresos medios del conjunto de la población. La reducida tasa de paro -por debajo del 5%- se consigue sumiendo a más de 7 millones de trabajadores alemanes en trabajos precarios de un máximo de 15 horas semanales y remuneraciones inferiores a los 450 euros mensuales.[15] Lo que ahora se llama minijobs no son más que trabajos de miseria y trabajadores pobres.

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ivan5La construcción europea, particularmente la unión monetaria, tenía de entrada enormes complicaciones. Organizar un espacio económico dónde coexisten países con niveles salariales, productividades e inflaciones divergentes, juntamente con modelos productivos tan diferentes, no es fácil sin grandes dosis de voluntad y coordinación política. Una planificación racional que persiguiera aumentar las cotas de bienestar de una mayor parte de la población no es el objetivo del proyecto europeo, actualmente dominado por fuerzas conservadoras que han convertido las instituciones comunitarias en un engranaje del capital donde la presencia de lobbys de los grandes grupos empresariales -como la European Round Table of Industrialists- no se esconde ni se disimula.

El proyecto europeo, por sus características, ha favorecido el dominio del capital central, especialmente alemán, a expensas de los países llamados periféricos. La integración económica ha permitido la creación de un modelo centro-periferia. Por un lado, tenemos una región altamente industrializada -llamada Blue Banana– que va desde el sudeste de Inglaterra hasta el norte de Italia, pasando por Belgica, Holanda, el norte de Francia, el oeste de Alemania y Suiza (aunque esta no pertenezca a la UE, algo muy provechoso para las grandes fortunas europeas en términos de evasión fiscal). Por otro lado, observamos una periferia dependiente, con sectores productivos de bajo valor añadido, tecnología intermedia, dependiente del exterior comercial y financieramente. Este esquema ha sido beneficioso para el capital de los países centrales, que necesitaban un ámbito sectorial y geográfico de acumulación, de obtención de mano de obra barata, de destino de las mercancías producidas y de reciclaje de excedentes comerciales y financieros. Es decir, dónde poder producir a costes reducidos, al mismo tiempo que se abría nuevos mercados para el capital financiero, que inundaría de crédito esas economías dependientes, como las del sur europeo, para después venderles las mercancías que demandaban. Los capitales de las economías más débiles también se han beneficiado, dado que han ganado poder de negociación en los mercados internacionales, aprovechaban la solvencia que les ofrecía una moneda fuerte como el euro y sobreexplotaban su clase trabajadora con la excusa de la competitividad internacional, competencia especialmente dura por encontrarse frente a una Alemania que lleva a cabo la misma estrategia de flexibilización laboral y reducción salarial.

La UE nació para acabar con la historia de enfrentamientos y guerras entre las naciones europeas, especialmente para poner fin al control que ejercía Alemania entre finales del siglo XIX y mediados del XX, con el nazismo como versión extrema, y poder desarrollar un proyecto colaborativo y pacífico. En cambio, el euro, puesto en circulación a partir de 2000, ha acabado siendo, paradógicamente, el vehículo que ha permitido al capital alemán controlar Europa.

La crisis actual, iniciada en 2008, ha puesto en evidencia este esquema dependiente totalmente insostenible a largo plazo por su abusivo recurso al endeudamiento como estrategia de supervivencia. Parece que algunos elementos del modelo neoliberal, como la financiarización de la economía, están llegando a su agotamiento. El capitalismo ha entrado en una era de “rendimientos decrecientes”[16]. Ciertamente, es imposible seguir sosteniendo la ficción del enorme volumen de capital financiero con los decrecientes rendimientos de una producción cada vez más especializada y competitiva, con aumentos de productividad y la incorporación de inmensas masas de trabajadores  -India y China- al capitalismo global.

La zona euro, especialmente castigada por la crisis, pretende combatir la recesión  con el paquete habitual de ajustes estructurales y políticas económicas pro-cíclicas, haciendo hincapié en la propuesta neoliberal. Se pretende rizar el rizo imponiendo el nuevo Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión (TTIP) y su reducción de barreras al capital y las mercancías provenientes de Estados Unidos, ampliando así el mercado común al otro lado del océano. Por el momento, el paquete de ajustes neoliberales está generando la caída del coste laboral y la privatización de lo público deseadas, pero la incidencia en la recuperación del capital está siendo mínima, con contadas excepciones sectoriales, tras 7 años ya de crisis. Las consecuencias sociales en términos de aumento del paro, la pobreza y las desigualdades son lamentables, especialmente en las economías más endeudadas obligadas a aplicar el ajuste dirigido por la Troika. Y el cuestionamiento del proyecto de integración económica y monetaria está más extendido que nunca, desgraciadamente bien aprovechado por las fuerzas de extrema derecha.

La presente recesión está levantando muchas dudas sobre el modelo económico del proyecto europeo pero aún está por ver si el posible ciclo progresista que se abre en el sur de Europa consigue un cambio de rumbo. La llegada de Syriza al poder en Grecia y su propuesta de renegociación de la deuda, o el elocuente New Deal para Europa que propone su flagrante ministro de finanzas Yannis Varoufakis, serán una buena noticia si se trata tan solo del inicio de una reforma de gran calado que revierta la situación actual. Mucho dependerá de la capacidad que puedan tener hoy las medidas keynesianas de aumento del gasto público y demanda y una mayor redistribución de la renta, frente a un capitalismo de bajo rendimiento, desbocado en el proceso de reversión de las conquistas sociales en Europa, donde la redistribución no tiene margen y la riqueza creada debe destinarse exclusivamente a la reproducción del capital. El proyecto europeo seguirá adaptándose a los escenarios desfavorables y expandíendose mientras no haya un polo contra-hegemónico capaz de construir la anhelada Europa de los pueblos.

Ivan Gordillo, economista miembro del Seminari Taifa.

[1]     FERNÁNDEZ DURÁN, R (2005), La compleja construcción de la Europa superpotencia, Barcelona: Virus Editorial, p. 84.

[2]             ARRIZABALO, X. (2014), “Cap. 7: Posguerra, recuperación y crisis (1945-1970)” en Arrizabalo, Capitalismo y economía mundial. Madrid: IME, pp. 313-328.

[3]     Alemania llegó a un máximo de gasto militar del 73% del PNB en 1943. El promedio del periodo 1939-1943 fue de 53% aproximadamente. En el periodo de 1936-1938 ya había alcanzado el 10%. Las cifras del periodo bélico se basan en estimaciones del PNB y son orientativas. Para Francia no disponemos de datos a partir de 1940, fecha en la que se produce la ocupación nazi, pero en 1939 el gasto militar ascendía al 17% del PIB. Gran Bretaña alcanza una cifra máxima de 42% del PIB y el promedio de la guerra es de 36%. Para EEUU  el promedio del periodo 1492-45 es de 29% del PIB. Agradezco a Oriol Sabaté la proporción de estos datos.

[4]     MADDISON, A. (1991), Historia del desarrollo capitalista. Barcelona: Ariel, p. 213, citado en ARRIZABALO, X. (2014).

[5]     BUSQUETA, J.M, BUSQUETA, T. (2005), La Constitución de la Europa del capital. Baladre, CGT, Ecologistas en Acción.

[6]     MONTES, P. (1993), La integración en Europa. Madrid: Ed. Trotta, p. 20.

[7]     HARVEY, D. (2014), Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo. Madrid: Traficantes de Sueños.

[8]     ARRIZABALO, X. (2014), p. 370.

[9]     EWALD, F., KESSLER, D., “Les noces du risque et de la politique”, Le Débat, nº 109, marzo-abril de 2000, citado en HUSSON, M (2013), El capitalismo en 10 lecciones, Madrid: La Oveja Roja, p. 137.

[10]   MONTES, P. (1993), p. 117.

[11]   FERRERO, A. “Europa, ¿la crisis de quién?”, Sin Permiso, 13/04/2014. En línea: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=6846

[12]          “Uno de los pilares de la política económica europea es el Pacto de Crecimiento y Estabilidad. Establecido en Maastricht, define las condiciones económicas necesarias para integrarse en el proyecto de unión económica y monetaria: un déficit presupuestario menor del 3% del PIB, una deuda pública por debajo del 60% del PIB y una inflación inferior al 2%. El Pacto de Crecimiento y Estabilidad ha generalizado el rigor fiscal entre los Estados miembros de la UE, imponiendo la austeridad como única política económica adoptable. Haberse de ajustar a un déficit público del 3% obliga, en un contexto de repetidas reformas fiscales regresivas, y, sobretodo, frente a una coyuntura marcada por la caída de la recaudación, a una reducción del gasto público”. Para entender la UEM, la crisis de la zona euro y las posibles soluciones a debate, mayo 2014. En linea: http://marxismocritico.com/2014/05/26/para-entender-la-uem/

[13]   “Conclusiones de la presidencia. Consejo Europeo de Lisboa” 23 y 24 de marzo de 2000. Consultable en línea: http://www.consilium.europa.eu/ueDocs/cms_Data/docs/pressData/es/ec/00100-r1.es0.htm

[14]            Para entender la UEM, la crisis de la zona euro y las posibles soluciones a debate.

[15]   SANCHEZ, R. “Uno de cada seis alemanes vive al borde de la pobreza”, El Mundo, 28/10/2014. En linea: http://www.elmundo.es/economia/2014/10/28/544f7ca5268e3e734e8b4577.html

[16]   HUSSON, M (2013), p. 30.

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